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Dos ciudades que nunca se conocieron

  • Foto del escritor: andree
    andree
  • 6 may 2019
  • 1 min de lectura

Actualizado: 13 dic 2025


Me dolía ahí, en ese lugar donde se acumulan las distancias de dos ciudades que nunca se conocieron. Me dolía arañándome y sonriendo tan ampliamente que por momentos yo también me olvidaba de estar triste. Pero me dolía, ya sin dolor ni gritos, ya sin ser consciente de haberse convertido en una ausencia tan profunda.

¿Fue una guerra el amor? ¿Por qué la trinchera de querernos? Pero en estas lides no hubo armas, sólo caricias abstractas, de humo; no hubo uniformes ni cascos, tan sólo sonrisas por fotos; no hubo amenazas ni invasiones, sólo promesas y perdones. ¿Por qué el dolor, entonces? El golpe más fuerte es el de una caricia que nunca sentimos; la peor oscuridad, la de una farola apagada; el frío más cruel, el de un sol que no calienta; el calor más fuerte, del agua tibia. Por eso tal vez me dolía, por no verlo, por no abrazarlo, porque lo que nunca supe fue lo que más quise saber: no tanto qué se siente tenerlo, sino qué es lo que se deja de sentir. Y puedo estar seguro de que se dejan de sentir los miedos, las ansias, las penas, la soledad, los futuros inciertos, tanta tristeza… Pero nunca lo supe porque nunca vino, y me sigue doliendo como si se hubiese convertido en una herida que nunca se cierra por completo.


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